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Crónica sobre el cicloactivismo feminista. Las Bicibles Salta

No sé que hora es. Conociendo mi reloj interno, serán las 6h30. Hoy quiero quedarme dando vueltas en la colchoneta y desperezarme. Tengo los músculos cargados después de la pedaleada de ayer. Caro ya está estirando, con los ojos entreabiertos. Retuerzo con mucha lentitud las piernas, los pies, los brazos, las manos y finalmente el cuello.

Ya es hora de empezar el día, tenemos noventa kilómetros antes de llegar a nuestro próximo destino; Salta (Argentina) en dónde por fin, vamos a conocer a Jimena, cicloactivista feminista pionera en la región.

Abro la cremallera del saco de dormir, y siento una brizna de frío que azota mi cara quemada. Desincho el colchón y salgo de la carpa; uno de mis momentos favoritos del día. Un sentimiento infinito de felicidad y libertad, el poder avistar un paisaje diferente cada amanecer.

Hoy nos levantamos cerca de un caserío en la quebrada de Humahuaca en Jujuy, provincia limítrofe con Bolivia. Estamos rodeadas de cerros y cerca de un río, en la ladera del camino. El clima es árido y los ríos están totalmente secos.

La Quebrada combina increíbles paisajes, pueblos, caseríos con mucha historia, numerosos vestigios precolombinos y coloniales, así como su milenaria cultura omaguaca. Además, ha sido un escenario de reiterados combates llevados durante la Independencia. Actualmente, las comunidades indígenas están en constante reivindicación ante el gobierno provincial y nacional por la recuperación de sus tierras ancestrales que están en mayoría monopolizadas por empresas extranjeras (caña de azúcar, sal, etc.).

La Quebrada es una olla efervescente de culturas. Y sin duda, la multiculturalidad es enriquecedora; siempre que se respete cada una, sus diferencias y que no se imponga la una sobre la otra. Pero por el poco tiempo que llevo aquí, he podido apreciar que hay un reniego de los pueblos originarios y mientras, una cultura occidental, capitalista, muy arraigada por los gobierno de derecha, especialmente el actual de Macri.

El Norte de Argentina sigue siendo una de las regiones con mayor población indígena en todo el país, existen 34 nacionalidades que conviven con una estrecha relación con la Pachamama (Madre Tierra). No obstante, rumbo al sur, se va perdiendo lo autóctono. Ya no ves mercados, quinoa, cereales, ají, ni escuchas personas hablando quechua, masticando hojas de coca. Si das una vuelta de 360 grados sobre ti misma y obvias el hecho de que estás en Argentina, te sientes en cualquier ciudad de España u Italia. Pero a lo que escuchas el “Ché boluda” y el acento argentino tan distinguido, vuelves a poner los pies sobre la tierra.

Hay numerosa población descendiente de personas italianas y españolas que migraron después de la segunda guerra mundial. La gastronomía cambia drásticamente al cruzar esa línea invisible que divide Bolivia y Argentina, llamada frontera. Encuentras más pizzas y pastas que pollo al ají o llamada ahumada con quinoa. En definitiva, se distingue más la influencia europea que la vena andina.

Una vez más, me he dejado llevar y he volado observando el infinito. Vuelvo a lo que estaba haciendo. Que estaba buscando? Ya me acuerdo, la comida entre mis caóticas alforjas. Sopla un viento matutino a la par que hace una temperatura deliciosa con un sol que tímidamente está queriendo salir. Encuentro la avena, la cafetera y me pongo manos a la obra. Enciendo la cocina y Caro, la experta en avena, prepara nuestra fuente de proteínas y calcio para el día, y yo, me pongo con el café. Es todo un ritual, mi momento de felicidad para iniciar un buen día. Empieza un ligero ruido parecido a la locomotora de tren y el rico olor del café de Copacabana de Bolivia se acapara del ambiente. Desayunamos y el silencio se despierta para gozar del paisaje que nos rodea.

Con la energía cargada, Caro recoge la cocina y yo la carpa. Armamos las alforjas, nos vestimos y nos untamos de crema solar protección +50. Chequeamos el GPS, la ruta y nos contentamos al observar que el desnivel de hoy es mínimo, hay más bajadas que cuestas. Alistamos las bicicletas, comprobamos que no están pinchadas, que los aros están alineados y que no están frenadas. En marcha!

Hay poco tráfico. Pero sólo durante un pequeño tramo de ruta, ya que luego nos embarcamos en autopista. Tras haber pedaleado durante tanto tiempo en altura, ciclear en apenas 2000 metros sobre el nivel del mar se vuelve fácil. Nuestras piernas andan casi solas. No se siente el esfuerzo, únicamente el viento. Se nota que es primavera, los árboles están floreciendo con tonalidades amarillas y rojizas.

Ya  estamos en la autopista; que poco me gustan. Carros a 120 kilómetros por hora y camiones de carga. Pitan hasta tal punto que te dejan casi sorda y después, te adelantan a raso, sin apenas margen. Siento que mis músculos están tensos, especialmente mis hombros al sujetar firmemente el manubrio para tener control de la bicicleta y no descarrilar en el arcén de la gravilla.

Después de cuatro horas de pedaleo y numerosas pausas para hidratarnos y comer chocolate y maní, nos paramos a almorzar en la única sombra que avistamos bajo un sauce llorón. Degustamos la pasta que nos sobró del día anterior y de postre, unos panes con dulce de leche. Hace mucho calor, que ganas de dormir una siesta, aún así, decidimos seguir la ruta ya que nos queda largo camino para llegar a nuestro destino; Salta, en dónde nos espera Jimena.

Entre anécdotas, comentando los paisajes, cantando, contándonos los sueños de la noche anterior, llegamos a Salta. Qué ignorantes. Estábamos convencidas de que era una ciudad pequeña, sin embargo, tiene casi un millón de habitantes. Es la magia del viaje, dejarse sorprender y ser flexible. No tener todo programado ni sabido.

No tenemos la dirección de Jimena. Llegamos a una gasolinera, nos conectamos al wifi y la llamamos. Que suerte, vive justo a dos cuadras. Está terminando un taller asique comemos algo mientras la esperamos. A penas nos traen el café y un sándwich, llega una mujer de unos treinta años en su bicicleta fixie turquesa. Qué molona, con su camiseta de “transformemos las calles”, varios tatuajes en el ante brazo y piernas, y unos jeans rotos con deportivas. Con una sonrisa de oreja a oreja y una voz tan dulce, se acerca a nosotras, y sin conocernos físicamente, nos fundimos en un largo abrazo. Entre tanta euforia, nos sentamos a beber un café y conversar sin hilo alguno; mezclando historias, ideas, opiniones. Tanto que contar y compartir. Es algo que me ha llenado mucho a lo largo de estos meses, la inmensa y solidaria red de personas que se dedican al cicloactivismo y cicloviaje.

Decidimos ir a su casa para dejar las bicis, alforjas y descansar. Cruzamos el Parque de San Martín, uno de los libertadores de Sudamérica. Son las diez de la noche, y hay tanta gente en la calle tomando mate, paseando, haciendo música; un contraste con respecto a los países que hemos recorrido previamente, Ecuador, Perú y Bolivia, en dónde después de las nueve en la sierra, las ciudades y caseríos duermen. Ya llegamos. Escuchamos los colibríes cantando, vemos luciérnagas mientras se desprende de los jazmines un agradable y elegante olor que inunda el ambiente. Lo primero que observamos es el hangar de bicicleta que ha construido en vez de un parking para carro. Está recibiendo denuncias por parte del vecindario, y hasta del municipio, qué loco. Porqué es denunciable el tener un parking de bicis y no de carros? Porque seguimos con esa resistencia a la inclusión de la bicicleta?

Entramos en su casa tras dejar las bicis en el hangar, que hermoso espacio tan acogedor. Tiene pósteres, fotos de los foros de bicicletas por todas partes, hasta en las cortinas de la ducha. Y un jardín en dónde predominan los jazmines y mangos.

Nos sentamos en el jardin junto a un té de paico y mate. Teng tantas preguntas que hacer a Jimena, pero todo va fluyendo progresivamente. Las tres tenemos una conexión especial, nos sentimos muy cómodas, nos escuchamos, nos complementamos. Empezamos a hablar del cicloactivismo feminista en Argentina, y a nuestra gran sorpresa, nos cuenta que debutó recientemente, hace dos años. Jime con mucho entusiasmo y numerosos gestos corporales a la vez que indignada, nos cuenta que tanto en Salta como en Buenos Aires, sólo un 3,5 % de las personas se mueven en bicicleta en la ciudad. Se tratan de espacios inseguros, especialmente para las mujeres.

Y es así como nace Mujeres Bicibles, un colectivo cicloactivista feminista que hace incidencia para promover el uso de las bicicletas entre las niñas, adolescentes, mujeres y disidentes sexuales. Se dan cuenta que al llamar Mujeres Bicibles al colectivo, excluyen a todas aquellas personas disidentes que no se sienten como mujeres, por lo que renombran el grupo y pasa a llamarse las Bicibles. Es el primer grupo feminista que hemos conocido que incluye todas las diversidades sexuales, rompiendo con los géneros binarios masculino y femenino.

Con una pasión desmesurada cuando habla y un brillo en los ojos, nos cuenta que uno de los objetivos principales de las Bicibles es la construcción de una ciudad más segura, en dónde las mujeres y disidentes circulen en bicicleta sin sentir miedo, riesgo de ser acosadas, violentadas, violadas. Según un informe del Banco Interamericano de Desarrollo, las ciudades en dónde hay mayor presencia de mujeres usando la bicicleta, son las más seguras.

Antes de seguir, rellenamos las tazas de té. Retomamos la conversación.

-Por sus caras, me imagino que se estarán preguntando cómo iniciamos con un objetivo tan ambicioso de cambio con la realidad actual? Bien, primero, construimos una bici escuela en dónde enseñamos a montar en cicla. Después, iniciamos con las pedaleadas nocturnas y con el trabajo de incidencia con el municipio. No queremos ser actives únicamente a nivel local ya que estamos hartes de la centralización en Buenos Aires, por lo que hemos creado una red a nivel nacional que se llama Argentina en Bici. Se reúne anualmente para compartir las buenas prácticas de cada provincia y promover de manera conjunta políticas públicas y leyes estatales que fomenten la movilidad activa con un enfoque de género. Igualmente participamos en los foros regionales y mundiales de la bicicleta. Además, y de lo que más me gusta, son los conversatorios semanales que generamos sobre los diferentes aspectos del feminismo.

Caro y yo estamos entusiasmadas con todo lo que nos cuenta Jime, inspiradas. Con muchas ganas de conocer a las Bicibles. Y algo que me maravilla, aunque me chirrían un poco los oídos al no estar acostumbrada, es el uso del neutro en el lenguaje inclusivo. El lenguaje es una construcción más, y en muchos casos, machista, por lo que parte de cada persona, deconstruirlo a su manera.

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Le preguntamos a Jime si es que podemos organizar un conversatorio, y simplemente con su sonrisa, nos responde. No sé cómo, pero Jime ya conoce nuestra experiencia de años anteriores en asilo y migración, por lo que nos propone preparar un conversatorio para hablar acerca de la migración en Salta y qué herramientas usar para que los colectivos sean más inclusivos y diversos. Una problemática invisibilizada, a pesar de ser una región que recibe muchas personas migrantes de todos los continentes, pero, con una fuerte categorización de la migración, dependiendo de qué país de origen provengas, existe una aceptación o un rechazo basado en un sinfín de estereotipos. Aceptamos con mucho gusto. Pero estamos muy cansadas, asique le proponemos a Jime seguir organizando el resto mañana, después de una buena noche de descanso.

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